Pedagógicos - Varios

   

 

IMÁGENES BÍBLICAS PARA EL ACOMPAÑAMIENTO

Dolores ALEIXANDRE

Religiosa del Sagrado Corazón  Profesora de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia Comillas - Madrid

De un tiempo a esta parte, una nueva palabra, «acompañamiento», desfila como última moda por las pasarelas eclesiales. Prolifera el discurso en torno al tema: cursillos, libros, artículos, monográficos de revistas (véase la muestra); pero confieso mi temor de que se nos convierta en un «término cometa» que, como el Halle-Boop que nos visitó y distrajo un poco en medio de asuntos tan trascendentales como la ley del fútbol, sea contemplado y ponderado con muestras de «crecido afecto», pero a sabiendas de que en realidad concierne poco a nuestra realidad terrícola. De la misma manera podemos dejar que la palabra acompañamiento atraviese con tanto brillo como fugacidad nuestro horizonte antes de hacerla desaparecer en el olvido y reemplazarla por otra de parecida calidad sonora, bien sea terminada en ...ento (como lo fueron en su ora aggiornamento, planteamiento y, a poco que nos descuidemos, discernimiento), bien en ...ón, como inculturación, refundación, inserción, opción y similares.

Pensando sobre el asunto del acompañamiento, y más que nada en sus usuarios, creo que es bastante numerosa entre nosotros la generación que va-por-libre, sencillamente porque los que pertenecen a ella acabaron hartos de la dirección espiritual de sus años mozos y no están para segundas ediciones. Recuerdan con espanto aquellas entrevistas con la persona designada para ello y que eran obligadas y periódicas (el período que mediaba entre dirección y dirección siempre era cortísimo, a mi manera de ver la cosa por aquel entonces1).

Tengo que reconocer que yo tuve bastante suerte, y no guardo mal recuerdo de aquellos encuentros; pero tengo oído contar a ancianos y ancianas del lugar que para muchos de ellos aquello era como la visita al dentista y sus antesalas, buscando desesperadamente fallos que confesar, problemas que consultar o batallitas ajenas que comunicar.

A aquel tipo de dirección espiritual con el superior/a, al menos en bastantes congregaciones religiosas, se la llevó la corriente del postconcilio, y la saludamos desde la orilla con banderitas y bastante alivio. Corrían tiempos en que, como decía una pancarta, «todos los hombres somos iguales, menos los superiores, que son inferiores». Aquellos años apasionantes en los que «vivimos peligrosamente», los pasamos a la intemperie, nos descalabramos sin excesivos remordimientos, demasiado ocupados en crear maneras nuevas de ser religioso, cura o «laico comprometido», como para echar de menos la dirección espiritual: nombrarla resultaba casi tan arcaico como hablar de «tendencia a la perfección», «ser edificante», «inmolarse como victima» o llevar saya y toca almidonada...

 

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