Bergoglio habla de sus recuerdos salesianos en el colegio

Carta de Jorge Mario Bergoglio firmada en 1990 y dirigida al salesiano P. Bruno

Ciudad del Vaticano, 30 de enero de 2014 

El 20 de octubre de 1990 Jorge Mario Bergoglio escribió desde Córdoba una larga carta al salesiano Cayetano Bruno, el historiador de la Iglesia argentina, para recordar a Enrique Pozzoli, el salesiano amigo de la familia que lo había bautizado el 25 de diciembre de 1936 y había seguido su camino espiritual.

La vida del Colegio era un todo, dice Bergoglio. Y describe esa época como que "uno se sumerge en una trama de vida, preparada como para que no hubiera tiempo ocioso". También habla de la fugacidad con la que pasa este tiempo, sin que uno se de cuenta. El colegio, para Bergoglio fue un lugar donde se creó en él una conciencia: no sólo moral sino también humana. Un lugar donde aprendió a buscar el sentido a las cosas y a estudiar. Pasados los años se dio cuenta que en aquel año en el internado puso las bases para no tener miedo a sentir y a decirse a sí mismo lo que uno está sintiendo. Aprendió también la piedad, la devoción a la Virgen y el amor por el Papa, así como la pureza.

Publicamos a continuación la carta de Bergoglio:

Acabo de terminar la relación de mis recuerdos sobre el P. Enrique Pozzoli. Ahora quiero completar mi promesa de escribirle algunos recuerdos de mi contacto con los Salesianos, tal como habíamos quedado. Y comienzo con una anécdota un tanto volteriana. En 1976 mudamos la Curia Provincial a San Miguel. Comenzaban a llegar vocaciones nuevas y parecía conveniente que el Provincial estuviera cerca de la Casa de Formación. Se volvió a reestructurar el programa de estudios: 2 años de juniorado (que habían desaparecido), la filosofía separada de la teología volvió a imponerse supliendo el “menjunje” de filosofía y teología que se había llamado “curriculum” en el que se comenzaba estudiando Hegel (sic!). Estando en San Miguel vi las barriadas sin atención pastoral; esto me inquietó y comenzamos a atender a los niños: los sábados a la tarde enseñábamos catecismo, luego jugaban, etc... Caí en la cuenta de que los Profesos teníamos voto de enseñar la doctrina a niños y rudos, y comencé yo mismo a hacerlo junto a los estudiantes. La cosa fue creciendo: se edificaron 5 Iglesias grandes, se movilizó organizadamente a los chicos de la zona... y solamente sábados por la tarde y domingos a la mañana... Entonces vino la acusación de que ése no era apostolado propio de jesuitas; que yo había salesianizado (sic!) la formación. Me acusan de ser un jesuita pro-salesiano, y quizás esto haga que mis recuerdos sean algo parciales... pero me quedo tranquilo porque mi interlocutor de este instante es un salesiano pro-jesuita, y él sabrá discernir las cosas.

1. No es raro que hable con cariño de los Salesianos, pues mi familia se alimentó espiritualmente de los Salesianos de San Carlos. De chico aprendí a ir a la procesión de María Auxiliadora, y también a la de San Antonio de la Calle México. Cuando estaba en casa de mi abuela iba al Oratorio de San Francisco de Sales (mi encargado allí era el actual P. Alberto Della Torre, capellán de aviación). Por supuesto que soy hincha de San Lorenzo (faltaba más) y hasta hace poco conservé una “Historia del Club San Lorenzo” escrita por el P. Mazza (según creo): se la mandé de regalo a Don Hugo Chantada, periodista católico de La Prensa, hincha furibundo de San Lorenzo. Él la tiene. Desde chico conocí a los famosos Padres confesores de San Carlos: Montaldo, Punto, Carlos Scandroglio, Pozzoli. Y desde chico tenía en las manos la “Instrucción Religiosa” del P. Moret. Nos habían enseñado a pedir la bendición de María Auxiliadora cada vez que nos despedíamos de un salesiano

3. Mi experiencia más fuerte con los Salesianos fue en el año 1949, cuando cursé como interno el sexto grado en el colegio Wilfrid Barón de los Santos Ángeles, en Ramos Mejía. Era Director el P. Emilio Cantarutti; Consejero el P. Isidro Fueyo. En la Administración trabajaba el Coadjutor Sr. Fernández. De los clérigos me acuerdo del Sr. (Leonardo o Leandro) Cangiani y Raúl Veiga. Entre los Padres mayores estaban los PP. Usher, Lambruschini, Cingolani, etc.. Me cuesta hacer una descripción parcial de diversos aspectos del Colegio, simplemente porque muchas veces he reflexionado sobre ese año de vida y, poco a poco, se fue configurando la reflexión de conjunto, que es la que quisiera compartir aquí. Soy consciente de que será algo intelectualizado quizás, sin la frescura de la anécdota simple, pero –por otra parte- también sé que esta visión de conjunto es la que fui elaborando yo, y nace de mi experiencia: es objetiva a mi juicio".

4. “La vida de Colegio era un “todo”. Uno se sumergía en una trama de vida, preparada como para que no hubiera tiempo ocioso. El día pasaba como una flecha sin que uno tuviera tiempo de aburrirse. Yo me sentía sumergido en un mundo, el cual si bien era preparado “artificialmente” (con recursos pedagógicos) no tenía nada de artificial. Lo más natural era ir a Misa a la mañana, como tomar desayuno, estudiar, ir a clases, jugar en los recreos, escuchar las “Buenas Noches” del P. Director. A uno le hacían vivir diversos aspectos ensamblados de la vida, y eso fue creando en mi una conciencia[1]: conciencia no sólo moral sino también una especie de conciencia humana (social, lúdica, artística, etc.). Dicho de otra manera: el Colegio creaba, a través del despertar de la conciencia en la verdad de las cosas, una cultura católica que nada tenía de “beata” o “despistada”. El estudio, los valores sociales de convivencia, las referencias sociales a los más necesitados (recuerdo haber aprendido allí a privarme de cosas para darla a la gente más pobre que yo), el deporte, la competencia, la piedad… todo era real y todo formaba hábitos que, en su conjunto, plasmaban un modo de ser cultural. Se vivía en este mundo pero abierto a la transcendencia del otro mundo. A mí me resultó más fácil luego en la secundaria  hacer la “transferencia” (en sentido pedagógico) a otras realidades. Y esto simplemente porque las realidades vividas en el Colegio las había vivido bien: sin distorsiones, con realismo, con sentido de responsabilidad y horizonte de transcendencia. Esta cultura católica es –a mi juicio- lo mejor que he recibido en Ramos Mejía.

5. Todas las cosas se hacían con un sentido. No había “sin sentidos” (al menos en el orden fundamental; porque accidentalmente había impaciencias de algún educador o pequeñas injusticias cotidianas, etc.). Yo aprendí allí, inconscientemente casi, a buscar el sentido a las cosas. Uno de los momentos claves de esto, de aprender a buscar el sentido a las cosas, eran las “Buenas Noches” que habitualmente daba el P. Director. A veces lo hacía el P. Inspector, cuando pasaba por el colegio. Al respecto recuerdo una, como si fuera hoy, que dio Mons. Miguel Raspanti, Inspector en ese entonces. Sería a principios de octubre del 49. Había viajado a Córdoba porque su mamá había muerto, el 29 de septiembre. A su regreso nos habló de la muerte. Ahora, a los casi 54 años, reconozco que esa platiquita nocturna es el punto de referencia de toda mi vida posterior respecto al problema de la muerte. Esa noche, sin sustos, sentí que algún día yo iba a morir y eso me pareció lo más natural. Cuando, uno o dos años después, me enteré de cómo había muerto el P. Isidoro Holowaty, cómo había aguantado por mortificación tantos días el dolor de vientre (él era enfermero) hasta que un miércoles, cuando el P. Pozzoli fue a confesar a los salesianos de allí, le ordenó que viera al médico, bueno al enterarme de esto me pareció lo más natural, que un salesiano muriera así, ejercitando virtudes. Otra “Buenas Noches” que hizo mella fue una que dio el P. Cantarutti sobre la necesidad de pedir a la Santísima Virgen para acertar en la propia vocación. Recuerdo que esa noche fui rezando intensamente hasta el dormitorio (se debió notar algo porque dos días después el P. Avilés me hizo un comentario de paso)… y, después de esa noche, nunca me dormí si no rezando. Era un momento psicológicamente apto para dar sentido al día, y a las cosas.

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