6. En el Colegio aprendí a estudiar. Las horas de estudio, en silencio, creaban un hábito de concentración, de dominio de la dispersión, bastante fuerte. También, con ayuda de los Profesores, aprendí método de estudio, reglas nemotécnicas, etc. El deporte era un aspecto fundamental de la vida. Se jugaba bien y mucho. Los valores que enseña el deporte (además de la sanidad de vida que crea) ya los conocemos. Tanto en el estudio como en el deporte tenía cierta importancia la dimensión de la competencia: nos enseñaban a competir bien y a competir en cristiano. Con los años oí ciertas críticas a este aspecto competitivo de la vida... pero curiosamente las hacían cristianos «liberados» de ese aspecto pedagógico pero que en la vida diaria se sacaban los ojos compitiendo por dinero o por poder... y no competían en cristiano.

7. Una dimensión que creció mucho en mis años posteriores al año de Colegio fue mi capacidad de sentir bien; y me di cuenta que la base fue puesta en el año de internado. Allí me educaron el sentimiento. Los Salesianos tienen una especial habilidad para esto. No me refiero a la «sensiblería» sino al «sentimiento» como valor del corazón. No tener miedo a sentir y a decirse a sí mismo lo que uno está sintiendo..

8. La educación de la piedad era otra dimensión clave. Una piedad varonil, acomodada a la edad. Dentro de la piedad merece una especial mención la devoción a la Santísima Virgen. A mí me la grabaron a fuego... y, por lo que recuerdo, a mis compañeros también. Y el recurso a nuestra Señora es clave para la vida. Va desde la conciencia de tener una Madre en el Cielo que me cuida hasta el rezo de las tres Avemarías, o del Rosario. Pero la Virgen ha quedado y no ha podido irse del cordón de nosotros. También nos inculcaban, y quedaba grabado, un respeto y amor al Papa. A veces he oído críticas sobre la «piedad» que se nos inculcaba en el Colegio (años después las oí), pero siempre son las consabidas cantinelas de aquel que no quiere ir a Misa porque en el Colegio lo obligaban, etc. Ésta es una crítica anacrónica porque se traslada al campo de la pedagogía de la piedad un problema puntual como es la rebeldía adolescente o juvenil.

9. Muy unido al amor y a la devoción a la Virgen Santísima estaba el amor a la pureza. Al respecto (y creo que respecto de todo el sistema preventivo de Don Bosco) hay una incomprensión muy grande. A mí me enseñaron a amar la pureza sin ningún tipo de enseñanza obsesiva. No había obsesión sexual en el Colegio, al menos el año que estuve yo. Más obsesión sexual he encontrado más adelante en otros educadores o psicólogos que hacían ostensiblemente gala de un «laissez-passer» al respecto (pero que en el fondo interpretaban las conductas con una clave freudiana que olfateaba sexo en todas partes).

10. Existía también lugar para los hobbys, trabajos de ar­tesanía, inquietudes personales. P.ej. el P. Lambruschini nos enseñaba a cantar, con el P. Avilés aprendí a hacer un gelatógrafo y a usarlo; había un Padre ucraniano (P. Esteban) y los que queríamos aprendíamos a ayudarle con la misa en rito ucraniano... y así tantos recursos (teatro, armar campeonatos, actos acadé­micos, taxidermia, etc.) que canalizaban hobbys e inquietudes. Se nos educaba en la creatividad.

11. ¿Cómo manejaban las crisis nuestros educadores? Nos hacían sentir que podíamos confiar, que nos querían; sabían escuchar, nos daban buenos consejos, oportunos... y nos defendían tanto de la rebeldía como de la melancolía.

12. Todas estas cosas configuraban una cultura católica. A mí me prepararon bien para el secundario y para la vida. Nunca (al menos en lo que recuerdo) se negociaba una verdad. El caso más típico era el del pecado. Es parte de la cultura católica el sentido del pecado... y allí en el Colegio lo que yo traía de mi casa en este sentido se fortaleció, tomó cuerpo. Uno después podía hacerse el rebelde, el ateo, pero en el fondo estaba grabado el sentido del pecado; una verdad que no se tiraba por la borda, para hacerlo todo más fácil. Hablo de cultura católica porque todo lo que hacíamos y aprendíamos también tenía, una unidad armoniosa. No se nos «parcializaba», sino que una cosa se refería a la otra y se complementaban. Inconscientemente uno se sentía creciendo en armonía, lo cual por supuesto no podía explicitarlo en ese momento, pero luego sí. Y, por otra parte, todo era de un realismo contundente.

13. No quisiera caer en la psicología del ex alumno, una actitud nostalgiosa, proustiana, donde la memoria selecciona partes de la vida color de rosa y niega las cosas más limitadas o deficientes. En el Colegio hubo fallos, pero la estructura educacional no estaba fallada. Por ello –con los años– va quedan­do lo sólido de esa educación, y lo sólido que queda es positivo. Es lo que acabo de describir en los párrafos anteriores. Bebía cosas en el año 1949 que no son viables para 1990... pero estoy convencido de que el acerbo cultural salesiano de 1949, ese acer­bo pedagógico, es capaz de crear en sus alumnos una cultura cató­lica también en 1990, como fue capaz de hacerlos en 1930.

Digo esto porque hacia fines del año pasado me sucedió algo que me dejó triste. Un Padre Salesiano, a quien aprecio mucho, me dijo en una conversación que estaban pensando dejar algunos Colegios en manos de los laicos. Le pregunté si era por falta de vocaciones. En parte, me dijo, era ésa la razón porque los jóve­nes salesianos no querían trabajar en Colegios, no se sienten atraídos por ese apostolado. Yo le dije que sucedía todo lo contra­rio con los jóvenes jesuitas; éstos quieren trabajar en Colegios... y no son nada conservadores. Más todavía: en los últimos 18 años la Provincia Argentina de la Compañía había abierto varios Colegios, usando la figura de Colegio Parroquial. Siendo yo Rector del Máximo, se abrieron dos Colegios en los predios del Máximo: uno de educación técnica y otro de educación del adulto. Y ahora se acaba de abrir un tercero allí mismo: primario y secundario. Le dije también al padre que más que problema de los jóvenes me parecía que era problema de cómo se formaba a los jóvenes... y que vieran si por allí no estaría el fallo. Ese Padre también me dijo que otra razón era la de «hacer un gesto de inserción» (sic!) en las barriadas, y por ello se entregarían los Colegios, o algu­nos. Que era una «opción» pastoral. Frente a esto no pude sino pen­sar en los salesianos que conocí en el Colegio: no sé si «hacían gestos de inserción», pero que se deslomaban todo el día, y ni tiempo para dormir la siesta tenían, eso sí lo sé. Si esos hombres que yo conocí en el Colegio –y con esta reflexión termino– pudie­ron crear una «cultura católica» fue porque tenían fe. Creían en Jesucristo, y –un poco por fe y otro poco por caraduras– se anima­ban a «predicar»: con la palabra, con sus vidas, con su trabajo. No tenían vergüenza de cachetearnos con el lenguaje de la cruz de Jesús, que es vergüenza y locura para otros. Me pregunto: cuando una obra languidece y pierde su sabor y su capacidad de leudar la masa, ¿no será más bien porque Jesucristo fue suplido por otro tipo de opciones: psicologistas, sociologistas, pastoralistas? No quiero ser simplista en esto, pero no dejo de preocuparme por el hecho de que –por hacer gestos radicales de inserción social– se abandone la adhesión a Jesucristo vivo y la consiguiente inserción en cualquier medio ambiental, incluso el educativo, para construir una cultura católica

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